Los plátanos,
ascéticos jinetes del verano,
dejaban sus hojas sobre el sendero
que se hundía en el mar;
llegan al invierno con sus blasones dorados
se amontonan en las cornisas de la tarde,
o en los linderos violáceos del crepúsculo.

En sus tostados tallos,
reverbera la silueta exhausta del día
llenos del viento fresco del norte
silencia el vuelo de gorriones y carboneros,
y se evaden del hombre las chotacabras.
No quieren las migas de pan
por las que riñen gaviotas y palomas.
A veces, cuando retorna la memoria
cargada de silencio,
ese hombre superfluo
redime sus palabras,
las llena de una compasión corrompida
por la dialéctica del combate,
no encuentra las palabras:
traidor,
santo, hereje o teólogo de un mal
que acosa las formas,
los cuerpos;
el enemigo le mira desde atrás
y envilece su calma,
de ella levantan vuelo las cumbres abandonadas,
nuestras indecisas presencias
llevadas al sacrificio
donde la voluntad forcejeo con el tiempo,
e irrumpe

mezclada al aroma áspero de arbustos secos,
lo inútil del lenguaje,
la huella que se adentra en la noche
con la tibieza intacta de una mujer
que aun palpita en las manos.

Aaron Rodas R
España. 2018