Llegan los vivos con su voces exhumadas
a los rescoldos plateados del invierno.
Es un murmullo sincopado por el taconeo
de una mujer
cómplice de una compañía que se le hace extraña
es ella quien rompe las aguas apagadas del día.
Medea, Antigona, Ariadna hijas y hermanas
llevan entre sus cabellos
las siluetas pétreas del olvido
el veneno y el fuego, el cayado y la venda,
el ovillo y la espada.
Abajo, en la calle
voces y cuerpos se buscan,
hunden los dedos en sombras silenciosas
apresuradas por alcanzar espacios
que tiempo y memoria abandonan o rechazan.
Aquí no encontraras la piedra angular.
Los templos,
administrados por notarios
dejan su salmo caído en las voces de cenizas;
hace tiempo,
los bancos rotos del templo
abandonaron la cabeza de asno
tras el manto ensangrentado del oráculo.