Las últimas horas de la tarde aún son frescas.
Personas y cuerpos se meten bajo los árboles.
Los perros jadean, se olfatean unos a otros,
hasta iniciar juegos entre ellos
o volverse indiferentes unos a otros.
El azul del cielo estaba un poco ceniciento,
como humo que escapa a un incendio agotado.
Si era plana o redonda la tierra,
a nadie le importaba
habitarla bastaba, su áspero suelo era abrumador.
Unos hombres viejos
alimentaban los patos con trozos de pan
mientras hablaban de los tiempos que les toco vivir;
uno de ellos,

menos tolerante con las palomas
las perseguía entre maldiciones con una vara de bambú.
Si el universo se extendía o dejaba su densidad
dispersa entre el tiempo
era menos real que sus pesadas manos
casi transparentes.
Lo sagrado se había secado en sus carnes,
el deseo no les acosaba,
no les empujaba a la vida
y les dejaba atascados en espacios inestables,
en una vida sin semejantes y horas,
para el acercamiento.
Las mujeres eran sombras en sus palabras,
deteriorados perfumes mezclados a imágenes,
con nombres sin mirada
con el aire cargado de polen
y abejorros zumbando agónicos en pleno vuelo:
al caer patas arriba,
las agitaban para defenderse de la muerte
excavaban el aire en busca de que aferrar sus patas,
levantarse
e intentar un vuelo mas
en la tarde que se envolvía lentamente
en su silencio
abrigada por el viento que llegaba de las colinas

llevando el polvo que ahogaba su espacio
a los embriones ígneos del lenguaje.

Aaron I Rodas R
España. primavera 2019.